Se miraron a los ojos por largos momentos. Podía notar que sé estaba enojando más, pero él no iba a desistir. Si había hecho algo mal, merecía saberlo.
“¡Por Dios, se supone que somos adultos!”
Ella resopló y movió su cabeza de lado a lado.
—¿Por qué me invitaste? —Sofía giró sus caderas y quedó de frente a él con sus manos descansando encima de sus muslos.
Vicente se quedó aturdido un instante.
—¿Qué pregunta es esa? No entiendo.
Ella se encogió de hombros y apretó sus labios diciéndole.