¿Por qué no de él?

Kateryn entró al baño con paso apresurado y, tras cerrar la puerta con seguro, se dejó caer de espaldas contra la madera. Solo entonces, en la absoluta soledad de las paredes de azulejos, se permitió romperse. Un sollozo mudo escapó de sus labios mientras las lágrimas rodaron. Lloró por la tensión acumulada, permitiéndose por unos minutos ser esa mujer vulnerable y desprotegida que tanto se esforzaba por ocultar. Le dolía el alma.

Le dolía que Sebastián la creyera capaz de venderse por otro
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