La invitación.
—Estás espectacular, Kateryn —dijo Alexander mientras caminaba a su lado, como quien presume su joya más preciada.
Kateryn sintió una punzada de culpa en el pecho. Recodo la noche anterior. Recordó las súplicas de Sebastián, el calor de su cuerpo y aquel «te amo». El eco de su propia confesión la quemaba viva mientras avanzaba del brazo de Alex.
Subieron al ascensor panorámico. Con cada piso que descendían hacia la terraza, Kateryn sentía cómo la adrenalina reemplazaba al remordimiento.
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