Honestidad de última hora.
Un escalofrío abrasador le recorrió la espina dorsal; sus piernas y todo su ser se estremecieron ante la audacia de su tacto. Ese roce íntimo y prohibido actuó como una violenta alarma en su cabeza. Reaccionando antes de perder por completo la fuerza de su voluntad, Kateryn le tomó las manos con desesperación, frenándolo en seco.
—Sebastián, no... —logró articular en un gemido ahogado, empujándolo del pecho con las pocas fuerzas que le quedaban.
Los pasos de Alexander comenzaron a desvanece