POV: Catalina
El agua del grifo corría.
No para lavarme. Sino para ahogar el sonido.
Estaba sentada en el suelo frío del baño de invitados, con la espalda apoyada contra los azulejos de mármol negro.
Me había metido el puño en la boca.
Estaba mordiendo mis propios nudillos para no gritar.
Las lágrimas me quemaban la cara. No eran lágrimas bonitas. Eran lágrimas feas, espesas, saladas. Lágrimas de una niña que se ha perdido en el bosque y sabe que el lobo la ha encontrado.
—Lo siento... —gemí contra mi piel—. Lo siento tanto, Dante.
Mi imaginación, esa maldita herramienta de arquitecta que solía usar para construir futuros, ahora construía pesadillas.
Veía a Dante en un callejón de Al Quoz.
Veía su cuerpo roto. Veía sangre en el asfalto. Veía sus ojos, esos ojos que me miraron con amor en el parking, ahora vacíos y vidriosos.
Y era culpa mía.
Todo era culpa mía.
Yo había empezado esto. Yo había querido jugar a la espía. Yo había querido ser la heroína de una novela de venganza.
Pero la