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Ana.
― ¡No! ―grito, en cuanto veo lo que está a punto de hacer Levy― ¡te lo ruego, por favor, no le hagas daño! ―le suplico muerta de angustia, llorando por el temor que cala mis huesos, solamente de imaginarme en dónde puede estar Lennon y que su vida dependa de este miserable que solo la Diosa podría perdonar.
―Te aseguro que nadie va a extrañar a este miserable perro―me gruñe Levy, en medio de su transformación, y mirándome con desconcierto.
― ¡Por favor, Levy, si aún te importo en algo,