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Levy.
― ¡Mientes, maldito! ―le digo tan cerca de la cara, que veo cómo está temblando―la estabas secuestrando―le suelto, porque no, esto no puede ser cierto.
―Tenemos una semana de estar planificando cómo lo haríamos, y de la cara que pondrías cuando te enteraras―me dice el muy imbécil―hasta me pidió que acelerara, justo cuando estuvieras delante de la limosina y que la vieras alejarse, ¡y nos reímos tanto por eso! ―me revela y yo ahora lo tiro al suelo, mientras arranco la puerta de Ana.
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