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Ana.
“Debo sobrevivir por mis hijos”, me digo a mí misma una y otra vez, como si fuera un mantra con el cual convencerme de que toda la sangre que está saliendo por mis heridas no me está debilitando, y, mucho peor, que, a pesar de ella, podré contra la embestida que Casius ahora está a punto de darme, así que abro muy bien mis ojos y me preparo para lo que viene.
Pero, justo en el último minuto, me doy cuenta de que algo, no, mejor dicho, alguien, acaba de golpear el lomo de mi adversario.