Capítulo 4
Perspectiva de Ella

Dejé a Gabriel y a Sophia en el jardín. No me volteé para mirarlos, aunque podía sentir perfectamente sus caras de sorpresa.

Pensar que dos de los mayores dolores de cabeza de mi vida se habían quedado completamente desconcertados por mis acciones, me sacó una sonrisa.

Ahora solo me quedaba una persona más a quien descolocar: Alexander.

Entré de nuevo a la mansión, pensando que, después de la mañana que había tenido, una siesta en realidad sonaba maravillosa. Mi suite estaba en el ala oeste de la mansión, a unos buenos cinco minutos caminando por aquellos pasillos que parecían un verdadero laberinto.

Cuando por fin llegué y entré, dudé un momento al mirar la pequeña cama arrinconada en una esquina. No pude evitar fruncir la nariz al verla.

Mi habitación era pequeña e insignificante, básicamente una suite de invitados con pretensiones. Estaba bien equipada y era acogedora —una cama pequeña con una colcha hecha a mano, un pequeño baño privado y un escritorio bajo la ventana— pero difícilmente era una habitación digna de una Luna.

Durante todos estos años debería haber compartido habitación con Alexander con la dignidad que correspondía, pero cuando me mandó lo más lejos posible de sus aposentos, no dije nada.

Acepté la decisión con una sonrisa e incluso le di las gracias, como si ser tratada como una invitada en mi propia casa fuera algo por lo que debía agradecerle.

Y lo peor de todo era que mi situación no había pasado desapercibida. Tal vez el personal de la casa no sabía que Alexander y yo nunca habíamos sido íntimos, pero definitivamente sabían que él no me quería.

Muchas veces los escuchaba chismear al respecto, susurrando y riéndose de mi humillación. Decían que yo no era mejor que una amante, que ni siquiera tenía el respeto de mi propio marido.

Tenían razón.

Ahora ese pensamiento me revolvía el estómago. Con la muerte tan cerca que casi podía sentirla, me partía el alma pensar que había pasado tantos años limitándome a mí misma.

Lilith tenía razón; si quería vivir, tenía que cambiar.

Y aunque sobreviviera a esto, después tendría que empezar a ser fiel a mí misma. No podía soportar perder más tiempo dejando que me usaran y me pisotearan.

Tomé una decisión en ese momento: no iba a dormir la siesta en esa habitación. No. Iría al lugar al que debí haber ido desde hace mucho tiempo.

Sin pensarlo dos veces, di media vuelta y salí de mi habitación hacia el pasillo. Cuanto más me acercaba a los aposentos de Alexander, más personas giraban la cabeza al verme pasar. Pero mantuve la cabeza en alto y caminé con decisión, sin permitir que nadie me detuviera.

Diosa, incluso la iluminación y la decoración eran mejores en el ala este. Claraboyas ornamentadas proyectaban elegantes dibujos de luz sobre los pisos de mármol, y retratos de Alfas y Lunas de épocas pasadas decoraban las paredes.

Pensar que había pasado tantos años evitando este lado de la mansión...

—¿L-Luna? —Una joven sirvienta salió de la habitación de Alexander con un montón de sábanas en los brazos. Hizo una reverencia al verme, aunque su expresión mostraba claramente confusión—. El Alfa Alexander no está en su habitación, si lo está buscando.

—No lo estoy buscando.

Simplemente le indiqué con la mano que se apartara. Tras dudar un instante, lo hizo.

Sabía que le parecía extraño que entrara en la habitación de Alexander. Nunca lo había hecho antes, y menos aún sin que él estuviera presente. Pero por ahora yo seguía siendo la Luna, le gustara o no a la gente. Podía ir a donde quisiera.

Respiré hondo, giré la perilla y abrí la puerta. El aroma de Alexander me envolvió en cuanto entré en la habitación apenas iluminada.

Las cortinas estaban cerradas, dejando el lugar en una penumbra suave, así que mis ojos tardaron un momento en adaptarse. Cuando lo hicieron, noté lo amplio del espacio: techos altos, una gran habitación principal, una antesala más pequeña y un enorme baño privado.

Una gran cama con dosel dominaba la habitación, perfectamente hecha con sábanas limpias y almohadas suaves. En la antesala había una cómoda sala de estar con chimenea, un pequeño sofá y dos sillones.

Alexander no necesitaba un escritorio allí, ya que tenía su propio despacho —otro lujo que a mí nunca me ofrecieron, a pesar de que había muchas habitaciones vacías en la mansión—, pero espacio había de sobra.

Y el baño... parecía sacado de un sueño. Una bañera empotrada en el suelo del tamaño de una pequeña piscina. Una ducha amplia con puertas de cristal que atrapaban la luz. Y todo tipo de productos de baño que cualquiera podría desear.

Con una sensación de pequeña venganza, decidí aprovechar el lugar al máximo.

Comencé con un baño lujoso, usando todos los productos que quise e incluso vaciando algunas botellas de lociones y jabones. Me consentí durante un buen rato, asegurándome de limpiar cada centímetro de mi piel e incluso usando el caro cuidado facial de Alexander para hacerme una mascarilla.

Después, cuando ya estaba seca, caminé hasta su enorme vestidor y empecé a revisar su ropa. La mayoría eran trajes; algunos los saqué de las perchas y los tiré al suelo solo por gusto. Pero encontré una bata suave y lujosa que se sentía increíble al tacto, así que me la puse.

La tela suave me hacía sentir como si estuviera envuelta en un abrigo grueso y cálido.

Sonriendo como una tonta, corrí hacia la cama y aparté las cobijas. Me metí entre las sábanas y me acomodé, soltando un pequeño suspiro de placer al sentir las almohadas mullidas y las sábanas sedosas.

“Así... así debería vivir una Luna.”, pensé.

Alexander seguramente se enfurecería cuando descubriera que había estado en su habitación —y desde luego pensaba asegurarme de que lo descubriera—, pero ese era justamente el objetivo. Y si además podía disfrutar un poco de la vida por una vez mientras intentaba que se divorciara de mí... mejor aún.

Al poco rato, mis párpados empezaron a pesar y el sueño me venció.

***

Me desperté con un aroma familiar: bourbon y humo de leña.

Alexander.

Contuve la respiración y abrí apenas los ojos para verlo de pie frente al espejo de cuerpo entero, de espaldas a mí. Mis ojos se abrieron un poco más al adaptarse a la tenue luz y darme cuenta de que estaba sin camisa, en medio de vestirse.

Por un momento me permití simplemente observarlo. Nunca había visto a Alexander sin camisa antes, y aunque sabía que era musculoso y bien formado, esto...

Esto era otra cosa.

La atracción física que sentí al ver sus hombros anchos y su espalda musculosa fue inmediata y fuerte.

A pesar de mi situación comprometida, mi mirada recorrió su figura, disfrutando la forma en que su cintura se estrechaba antes de desaparecer dentro de sus pantalones negros. Y su trasero...

“¿Este era el hombre que podría haber sido mío si no hubiera sido tan cruel?”

“¿Este era el hombre con el que podría haber compartido la cama todos estos años?”, me pregunté.

—Voy a asumir que ya dormiste suficiente si estás tan despierta ahora, mirándome el cuerpo.

El sonido de su voz me sacó de mis pensamientos y mi rostro se puso rojo al instante. Me senté de golpe, sintiéndome de repente más avergonzada de lo que debería. Después de todo, yo había decidido venir aquí y usar su habitación para provocarlo.

Alexander se giró, frunciendo el ceño. Diosa, de frente se veía aún más impresionante.

—¿Por qué estás tan ansiosa por intimar conmigo? —preguntó.

Mientras hablaba, su mirada descendió, y me di cuenta con sobresalto de que la bata se había abierto, dejando al descubierto uno de mis pechos, con el pezón endurecido por el aire frío. Solté un pequeño grito y cerré rápidamente la bata, pero ya era demasiado tarde. Lo había visto todo.

Mi rostro se puso aún más rojo y me moví, preparándome para levantarme.

Pero Alex se acercó rápidamente.

Antes de que pudiera reaccionar, me empujó de nuevo contra la cama sujetándome por las muñecas. Luego pasó una rodilla entre mis piernas y empujó mi muslo izquierdo hacia un lado para arrodillarse entre ellas.

Me sentí más expuesta que nunca mientras me mantenía inmóvil, mirándome desde arriba.

No podía moverme bajo el peso de Alexander. Sujetaba mis muñecas con firmeza contra la cama y me observaba.

Pero no me miraba como un marido normal miraría a su esposa. En esos ojos verdes había odio.

—Ser dulce e inocente no funcionó, así que ahora estás probando nuevas tácticas para seducirme, ¿eh?... —Su mirada recorrió mi clavícula con desprecio—. Incluso metiéndote en mi cama y usando mi bata sin permiso. Como una cualquiera.

La rabia me invadió de golpe, tan fuerte que casi me hizo reír.

—Me descubriste —dije con tono dulce, calmándome un poco—. ¿Qué te parece mi nuevo estilo? Parece que llamó tu atención, así que algo debo estar haciendo bien.

Un gruñido bajo vibró en su pecho y no pude evitar sonreír al saber que mis palabras habían dado en el blanco.

—Si esta es tu verdadera forma de ser —dijo—, entonces debes saber que ese es exactamente el tipo de persona que más detesto.

“Bien”, pensé con amargura. “Sabía que Alexander siempre había odiado a las mujeres así, y esperaba que ahora me odiara aún más. Cuanto antes terminara todo esto, mejor. No era como si me quedara mucho tiempo.”

—Pues soy exactamente ese tipo de persona.

Levanté un poco la cabeza para que mi aliento rozara su cuello mientras le susurraba al oído:

—Pero si me rechazas ahora, ya no tendrás que soportarme.

Alexander se tensó. Por un momento deseé que lo hiciera ahí mismo, que dijera las palabras y terminara con todo.

“Tal vez era demasiado optimista pensar que esto acabaría tan rápido, pero estaba desesperada.”, pensé

Pero no dijo nada. Tampoco me soltó.

Y entonces sentí algo cambiar entre nosotros.

El vínculo de pareja.

Apenas fue un destello, como unas chispas al final de un cable con corriente, pero pude sentirlo: el leve latido de atracción mutua, nuestros pulsos acelerándose, la forma en que su cuerpo se inclinaba sutilmente hacia el mío.

Su entrepierna presionó ligeramente contra mi pierna, y sentí algo grueso y cálido moverse dentro de sus pantalones.
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