El resto fue un borrón. Apenas noté la ráfaga de colmillos y garras; todo lo que realmente veía era ese rostro. Esos labios. Mi pareja besándome en el callejón.
Cuando todo terminó, me quedé jadeando en medio del claro, rodeado por los cuerpos de mis enemigos. La sangre goteaba de mi pelaje, parte mía, la mayor parte no. El bosque había quedado en silencio.
—¿Alfa? —la voz de Gabriel llegó desde el borde de los árboles—. El resto ha huido. Hemos ganado.
Asentí, demasiado exhausto para intentar v