La sonrisa volvió a aparecer en el rostro de Margaret, pero esta vez había algo más debajo de aquella maldad: una expresión maniática, desesperada. Con cada centímetro que me acercaba al borde, su sonrisa se ensanchaba y dejaba al descubierto más dientes medio podridos de los que una boca humana debería tener. La visión comenzó a nublárseme por los extremos y el rugido del mar de almas se hizo cada vez más fuerte.
No. No podía morir allí. No podía dejar a Lucien. No podía abandonar a Alexander.