Durante unos instantes nos quedamos allí, frente a mi propia tumba, sin saber muy bien qué decir. Fue entonces cuando reparé de verdad en Liam. Tenía unas ojeras profundas que no recordaba haberle visto antes y llevaba los hombros caídos, como si desde que había llegado allí hubiera dejado descansar sobre ellos todo el peso de los últimos meses.
Diosa, lo único que quería era abrazarlo.
Y lo hice. Ni siquiera me lo pensé. Simplemente di un paso hacia él y lo rodeé con los brazos.
Liam se tensó a