—Abre la boca.
—Ella...
—No me obligues a usar mi Voz de Luna.
La amenaza, aunque dicha en broma, consiguió arrancarle una verdadera carcajada. Por primera vez en toda la noche, lo vi relajarse de verdad. Obedeció y abrió la boca, y le acerqué el tenedor con un poco de pastel.
Intenté ignorar lo íntimo que se sentía aquel gesto.
No había cámaras.
No había miembros de la manada observándonos.
No había ninguna necesidad de fingir.
Solo estábamos él y yo.
—¿Y bien? —pregunté.
—Está muy bueno.
Alexa