Perspectiva de Ella
El sol ni siquiera había salido cuando, esa mañana, me escabullí de la habitación de Alexander —nuestra habitación—. Apenas se movió cuando, de mala gana, me deslicé fuera de las cálidas mantas y me desenredé de sus brazos.
—No te vayas —murmuró contra la almohada mientras me sujetaba de la muñeca y volvía a atraerme hacia él—. Quédate.
Antes de que pudiera contestar, empezó a repartir besos húmedos por mi cuello y mi hombro, y aquel calor tan familiar volvió a revolotear en