El sudor, mezclado con sangre encostrada, fluía desde la cabeza hasta el cuello. En este clima tan gélido, el sudor se congelaba rápidamente, convirtiendo el calor corporal en un frío penetrante que calaba hasta los huesos.
—Isabelita… —Pan respiraba con dificultad, con escarcha de frio acumulada en sus pestañas. —¿De verdad… verdad no vamos a ayudarlos? ¿Solo nos quedaremos aquí a defender?
—Las órdenes son órdenes. Si nos mandan defender el almacén, lo defendemos —dijo Isabella, apoyada contra