Las lágrimas de Isabelita cayeron de repente.
—Dices que no me preocupe por ella, pero ahora en mi familia solo quedo yo.
Isabela aún no les había contado a sus compañeros. Este era su dolor más profundo, y no se atrevía a hablar de ello, porque cada vez que lo hacía, sentía un dolor insoportable.
Palo y Pan levantaron bruscamente la cortina; en la oscuridad, sus rostros mostraban una sorpresa aterradora mientras intercambiaban miradas con Luna y Estrella. Al unísono exclamaron:
—¿Cómo?
Isabella