Los garabatos torcidos y deformes eran difíciles de leer. Isabella necesitó un momento para descifrarlas.
Levantó sus ojos enrojecidos y miró a Raulito, y de inmediato las lágrimas volvieron a caer. Esas palabras la herían en lo más profundo de su ser.
Recordó que, pocos días antes de la masacre, había regresado a casa para platicar con su madre sobre la batalla que estaban luchando sus padres y hermanos en el Paso de las Cumbres, llanos del Sur. Su madre estaba preocupada por su abuelo, temiend