La persona que me había estado siguiendo y que yo había ignorado deliberadamente ya no podía quedarse mudo y finalmente habló.
Era una lástima que su punto de partida no fuera consolarme, sino clavar en mi corazón. Cada palabra que decía era un cuchillo afilado que me apuñalaba de inmediato, haciéndome imposible evitarlo.
Estaba bien si no él hablara, como si él no existiera, y cuando entrara en el apartamento, se fuera solo, siguiendo su propio camino, y sin involucrarse el uno al otro.
Pero