—Muchas gracias, Carmela, pero no es para tanto jaja.
Mientras estábamos charlando alegremente después de mucho tiempo sin vernos, Sergio, con el pelo revuelto, cargaba una gran mochila en sus hombres, empujaba, además, una gran maleta y sostenía una bolsa llena.
Era como si un refugiado escapando de la guerra. Verlo así, me esforzaba por contener mi risa.
Y Flora, que llevaba una pequeña bolsa con un pan dentro, seguía detrás de él. Se acercaron hacia nosotros.
La presencia de Flora degradó a