Después, Martín me sonrió y hizo una señal para que subiera.
Al ver que no le hice caso, bajó del coche, sacó un pañuelo para limpiar el cojín y con un gesto caballeroso, extendió la mano derecha hacia mí:
—Mi querida princesa, suba al coche, por favor.
No pude contener la alegría que sentía y di dos pasos adelante, pero de repente, recordé que ya no éramos vecinos ahora.
—Pero ya no vivimos en la misma zona. Puedo volver sola.
Durante las vacaciones de mi último año en la universidad, dejamos d