Cuando llegaron a la vivienda, las luces de aquella mini mansión, que los Anderson habían construido para pasar allí sus fines de semana, estaban completamente apagadas.
Como si allí no hubiese ni el más mínimo ser vivo.
Con cautela, ambos hombres se apearon del coche y se encaminaron hacia la entrada.
—Tú revisa la parte posterior mientras yo me encargo del resto —le dijo Joseph a George, quien asintió sin objetar nada.
En ese momento, no le quedaba más remedio que enfrentar sus peores mied