Joseph estaba histérico. No podía más. La cabeza le iba a estallar de un momento a otro. Si continuaba acumulando tanto estrés terminaría hospitalizado, no le quedaba duda. Las altas dosis de cortisol que estaba liberando su cerebro hacía que el estrés lo consumiera.
Negó con la cabeza y pegó un puñetazo su escritorio.
A continuación, se dejó caer sobre la silla de cuero de su despacho y comenzó a trabajar, o, al menos, lo intentó.
Los números cada día eran más bajos y no podía hallar el porqu