Cuando Eileen llegó a la habitación que había adoptado como propia nada más llegar de su luna de miel, miró el móvil, buscó el contacto de George y le dio al botón de llamada.
—Hola, Eileen —se escuchó al otro lado de la línea—. ¿Cómo estás? Me enteré de que habías estado hospitalizada. ¿Qué sucedió? —la ametralló a preguntas.
—Hola, George. A decir verdad, no muy bien —respondió con sinceridad.
Si bien consideraba que no tenía amistades, George era lo más cercano a ella. A pesar de lo que él