Joseph se acuclilló junto a Eileen y posó una mano en su espalda con el fin de consolarla; aun cuando él no estaba mucho mejor que ella.
Eileen se sentía devastada. ¿Qué rayos había hecho en la vida para merecer tanta angustia y desgracia? ¿Por qué no podía encontrar la calma y la felicidad? ¿Por qué su vida no era más que una maldita montaña rusa en la que el tiempo de tranquilidad duraba una milésima de segundo, antes de precipitarse a toda velocidad?
No era posible que, después de todo lo qu