Capítulo 40. ¿A quién debo creer?
—A partir de esta noche, ya no eres mi secretaria. Eres la única persona que posee la llave para derribar este imperio.
Los labios de Adrian rozaron la frente de Aletta. El contacto fue breve, sereno, y cargado de una extraña convicción.
Aletta se quedó inmóvil. No por la sensación física del beso, sino por la forma en que Adrian se lo dio; no quedaba rastro alguno de la exigencia o del deseo posesivo que el hombre solía mostrar. Solo un reconocimiento inesperado.
Aletta alzó la mirada, sosteni