Capítulo 32. Castigo húmedo
—¿Crees que puedes huir de mí, Aletta?
La voz de Adrian era baja, densa, como si absorbiera todo el oxígeno dentro del ascensor. Su eco rebotaba en las paredes metálicas, acompañando el lento ascenso hacia el piso 909.
Aletta se quedó inmóvil.
Sus ojos quedaron clavados en su propio reflejo en la brillante puerta del ascensor. Tenía el cabello desordenado, cayendo en mechones caóticos tras su huida desesperada del hospital. Su respiración aún era corta y agitada; el pánico y la rabia que habían