32. ÉL NADA CON LA CORRIENTE
EL
La tenía sentada en mi erección, intentaba por todos los medios reprimir el creciente deseo de tomarla así como estaba; tenía sus piernas rodeando mi cintura, le pase las manos por las piernas hasta el trasero y se lo apriete.
Es tan carnosa y se desborda de todos los lugares correctos que casi es un crimen tenerla escondida en el bosque. Pero luego recordé a los hombres desnudos del palacio y como me interpuse entre ellos. No quería que nadie la viera, “ella es mía”; estaba celoso aunque lo