No había dormido.
La casa se había quedado en silencio hacía horas, un silencio tan profundo que te oprimía los oídos hasta oír tu propio pulso. Estaba sentada en la oscuridad de mi estudio con el expediente abierto sobre el escritorio; las páginas ya no se mezclaban, sino que se ordenaban formando algo coherente. Algo incriminatorio.
No de ella.
De mí.
La evidencia estaba ahí: fechas alteradas, resúmenes de alta modificados, registros de pagos disfrazados de «donaciones caritativas». La firma