La reunión ya llevaba diez minutos cuando dejé de escuchar.
Los números se difuminaban en la pantalla frente a mí, las proyecciones y los márgenes se apilaban ordenadamente en columnas que había revisado cientos de veces. Los miembros de mi junta directiva seguían hablando, confiados en la ilusión de mi atención. Les di rienda suelta. Mi expresión no cambió.
Solo podía ver el rostro de Alice esa misma tarde: la cabeza echada hacia atrás riendo, las manos pegajosas de chocolate, la voz brillante