Las puertas se cerraron tras ellos y la casa quedó en un silencio inquietante.
Ni gritos. Ni pasos. Ni risas petulantes resonando por los pasillos de mármol.
Solo silencio.
Resonó en mis oídos, agudo y desconcertante, como si hubiera salido de una tormenta demasiado rápido. Me temblaban las manos, aunque no me di cuenta hasta que apreté con más fuerza la taza de cerámica que aún sostenía. La dejé lentamente, temerosa de que se me cayera si no lo hacía.
Ace estaba frente a mí.
Sola ahora.
Sin pú