Richard no tuvo más remedio que rodearla con el brazo y decirle:
—Sabía que cuando te secuestraron ya estabas a salvo. Quise ir a verte, pero no me dejaste entrar.
La noche anterior, en medio del pánico, ¿cómo habría podido verlo?
Bella sollozó.
—De verdad… me duele mucho…
—Está bien, deja de llorar. Te acompaño al hospital para que te revisen —dijo Richard, abrazándola mientras bajaba la mirada hacia su muñeca, donde las marcas rojas eran evidentes.
La herida era seria.
Sylvia realmente había