—¡Ahhh!
El secuestrador lanzó un grito de dolor. Justo cuando estaba a punto de soltarla, Sylvia clavó los dientes en su brazo grueso y musculoso, duro como una roca.
Sus dientes eran como los de una bestia salvaje de lo más profundo del bosque. En aquel forcejeo desesperado, mordió con todas sus fuerzas, sin reservas. El secuestrador sintió como si le arrancaran un trozo de carne; empezó a gritar de forma desgarradora y levantó la otra mano para golpearla.
Sylvia soltó la mordida, se aferró a