Lo sabía.
Sylvia permaneció sentada, sostuvo su mirada y preguntó con calma:
—¿Y después de olvidarlo por un rato, qué?
Hiram dejó escapar una risa baja. Sus ojos alargados la observaron con profundidad.
—Olvidarlo un rato ya es algo.
Olvidarlo un rato ya era algo.
Sonaba, incluso, razonable.
No sabía si era porque la luna estaba demasiado pálida o porque la noche era demasiado densa, pero su mirada era como un estanque al fondo de un abismo: uno sabía que era un camino sin retorno, y aun así,