Los dedos le temblaban poquito por el nervio, y le salieron gotitas de sudor en la frente.
—¡MILAGROS! —la cara de Basilio se le puso roja del coraje, con unas llamas de furia prendidas en sus ojos.
Milagros se espantó con el grito y corrió tropezando hasta su lado, explicando con nervios. —Adrián, no es así, yo no hice algo como esto.
Los ojos se le veían con pánico y desesperación, y la voz se le oía llorosa.
Basilio, con cara de asco, le quitó el brazo a la mala. —Ahí está la prueba, ¿todaví