El Gran Salón Médico estaba sumido en una penumbra opresiva cuando las pesadas puertas de roble se abrieron ante mí. Kael y Toris esperaban afuera, flanqueados por media docena de guardias que parecían estar a punto de sufrir un colapso nervioso.
—Gracias a los dioses que has accedido, niña —murmuró el General Kael, su voz despojada de su habitual arrogancia militar. Parecía diez años más viejo que esta mañana—. Los sanadores no pueden acercarse. La fiebre de la sangre lo consume. Te lo adviert