Habían pasado tres meses desde que salimos de las Cavernas de Ónice, y esta había sido una movilización brutal y despiadada a través de los bosques fronterizos. El trayecto no era tan largo, pero mi estado de embarazo y el invierno habían detenido la mayoría de nuestros avances.
En este momento, la invernada había descendido sobre el continente con la furia de un dios ofendido, la nieve cubría tanto hectáreas enteras como campos de batalla. Y en estos últimos, ocultaba los cadáveres de los leal