El aire entre nuestros rostros vibraba, denso como el mercurio a punto de hervir. Mi desafío colgaba en el silencio de la caverna: "Demuéstrame si puedes manejarla".
Haldor no se movió. Su cuerpo masivo seguía inmovilizándome contra la roca fría, su cadera presionada obscenamente contra la mía, su erección dura marcando el territorio en mi muslo. Podía sentir el conflicto rugiendo bajo su piel sudorosa; el Alfa primitivo quería rasgar mi ropa, tomarme allí mismo sobre la piedra sucia y reclamar