—¿Y tú quién eres? —preguntó Jaxon, con la voz calmada como aguas quietas.
Levantó la ceja izquierda, la señal, mientras su mano derecha descansaba casualmente en la esquina del sofá.
Los ojos de Valeska se abrieron de puro desconcierto. El frío acero del cuchillo del intruso se clavaba en la delicada piel de su garganta.
Un fino hilo de sangre ya corría por su cuello.
¿Cómo puede quedarse ahí sentado? pensó ella, con el corazón golpeándole el pecho.
Un solo movimiento de este maniaco y estaría