Valeska entró en la habitación, ya limpia y vestida con un par de pantalones de chándal y una camiseta grande que había sacado del armario de él.
La ropa le colgaba holgada sobre su frágil figura, las mangas casi le tragaban las manos.
Olían débilmente a madera de cedro, detergente y algo distintivamente masculino.
Puso los ojos en blanco al darse cuenta de que le gustaba su olor y salió al pasillo.
Entonces lo vio.
Una puerta escondida en un rincón oscuro del apartamento.
El pasillo que llevab