—Lo siento, señor Castellano, la perdimos —anunció el doctor a Sebastian, quien estaba de pie frente a la gran puerta de la sala de cirugía, con las manos en las caderas.
Las palabras se deslizaron por el pasillo como acero frío.
Por un segundo, Sebastian no las comprendió.
Sebastian no pudo responder; solo se quedó mirando al doctor como si tuviera dos cabezas.
Como si el hombre de repente hubiera empezado a hablar otro idioma.
—¿Qué? —Su voz salió ronca—. ¿Qué acaba de decir?
El doctor tragó