"Bueno", respiró ella. "Me voy a dar una ducha".
"¿Quieres que me una?", pregunté, levantando una ceja.
Se quedó paralizada y un brillo de lujuria llenó sus ojos, pero desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
"Si te unes, nunca llegaremos a la cena", dijo, burlona. "Creo que puedo arreglármelas sola".
Se dio la vuelta y entró en el baño, cerrando la puerta tras de sí.
Suspiré y me senté en la cama; no podía evitar sentir una oleada de ansiedad recorriéndome el pecho y me preguntaba si era