—¿Ya terminaste de contar lo que queda de tu fortuna, Julian?
La voz de Victoria rasgó el silencio de aquel despacho, donde aún flotaba el olor a tabaco rancio. Entró sin esperar que la invitaran; el sonido de sus tacones resonaba sobre el mármol con un ritmo pausado y firme. Vestía un impecable traje blanco que se ajustaba con precisión a su figura, en marcado contraste con el desorden que cubría el escritorio de caoba de su ex esposo. Gibran caminaba tras ella, erguido, con los brazos cruzado