—Estas esposas no permanecerán en mis muñecas veinticuatro horas, Inspector.La voz de Victoria sonaba serena, resonando contra las paredes de metal del vehículo, cálido y con olor a grasa vieja.Iba sentada con la espalda perfectamente recta contra el respaldo, sin mostrar el menor rastro de temor. Sus ojos, afilados y atentos, escrutaban cada movimiento del investigador frente a ella, quien empezaba a sentirse incómodo. La luz tenue de las calles de Yakarta se filtraba entre las rejas de las ventanillas, brillando sobre el metal frío que rodeaba sus muñecas. Ni un sollozo ni el más mínimo signo de pánico se dibujaban en su semblante.El jefe de investigación soltó un resoplido, cruzó los brazos sobre el pecho y esbozó una sonrisa de desprecio. —Se enfrenta a una acusación de lavado de dinero por valor de cientos de miles de millones de rupias, s
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