La jornada terminó tarde y sin resolución, que era la peor forma en que podía terminar.
Habían pasado ocho horas entre el despacho del abogado, una llamada con Damián sobre los registros de alojamiento y una revisión de la declaración de Bianca que Franco leyó dos veces en silencio, con esa concentración suya que no admitía interrupciones. Adriana lo dejó leer. Ya sabía cuándo el silencio de él era procesamiento y cuándo era muro, y ese era del primero.
Ahora eran las once de la noche y el desp