La sala de archivo de la Galerie Bellini tenía luz fría, mesas de madera oscura y cámaras de seguridad propias con registro institucional.
Eso era lo que Franco había entendido cuando Adriana lo propuso la noche anterior: necesitaban un espacio que no perteneciera ni a él ni a los De la Vega. Un lugar con presencia documental externa, personal propio y una lectura pública difícil de torcer. Si alguna cámara de Robles los fotografiaba allí, la imagen no diría fuga, conspiración ni secuestro. Dir