**Punto de vista de Valente**
Para la tercera noche, el alcohol ya no ayudaba. Ya no acallaba los pensamientos. Solo los hacía más fuertes, más lentos, más vívidos. Las imágenes se estiraban y se distorsionaban detrás de mis ojos: Aria en una habitación blanca, su rostro pálido de miedo. Leo llorando, sus llamadas a “Mamá” sin respuesta. La mano de Amaro en su brazo, en la cabeza de Leo —tocando lo que era mío.
Ese pensamiento, la furia posesiva y primal de aquello, era lo peor.
Estaba sosten