La mañana en las oficinas de Fairchild tenía un aire denso, casi irrespirable. Verónica entró taconeando con fuerza, ignorando los saludos de los empleados y dirigiéndose directamente a la oficina principal, esa que alguna vez había sido el santuario creativo de Valentina.
Se dejó caer en la silla de cuero ergonómica, pero algo en la imagen no encajaba. Verónica ocupaba el puesto, sí, pero su presencia se sentía como la de una usurpadora en un trono que le quedaba grande. Miraba a todos a travé