El llanto de Valentina, que había comenzado como una marea incontenible, empezó a transformarse en algo más alarmante. Sus sollozos se volvieron erráticos y, de pronto, Declan sintió que el peso de ella en sus brazos cambiaba. Ya no era el peso de alguien que se apoya, sino el de alguien que se desvanece.
Valentina sintió que el mundo perdía sus bordes. Sus piernas, que ya le temblaban por la fatiga emocional, cedieron por completo. Una oscuridad pastosa empezó a nublarle la vista y el aire del