El aire de Florencia en la mañana tenía un matiz distinto al de la metrópoli que Declan había dejado atrás. Aquí, el tiempo parecía moverse con una lentitud deliberada, casi cruel, mientras él se terminaba de ajustar el nudo de la corbata frente al espejo del hotel. El viaje había sido un descenso a los infiernos de su propia mente; horas de vuelo en las que el rugido de los motores no lograba apagar los gritos de su conciencia. Se sentía aturdido, con el desfase horario pesándole en los párpad