—Oye, tú —Clementina iba de salida, se detuvo en seco al escuchar a Jacinto—. Me pareció haberte dicho que saques tu trasero de esta casa, pero veo que aún sigues aquí —pasando la lengua alrededor de sus dientes, Jacinto balbuceó—. Pero mejor que no te hayas ido, así te lo hago saber y también se lo haces saber a tu adorado hijo —se acercó. Clementina ya intuía por dónde iba la cosa—. Lo arruinaré, escucha bien: haré que su miserable cadena de restaurantes se vaya a la mierda. Lo que hizo con m